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Ciertos lujos
Hace ya casi un año, en noviembre de 2005, recibí vía correo, y de manera por demás inusual (el paquete fue enviado a domicilio en el que viví sólo hasta los trece años), el manuscrito de La muerte me da, acompañado de una pequeña nota en la que su autora me pedía que considerara dicho material para ser publicado dentro de la serie de poesía del sello editorial que dirijo.
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El proceso de trituración
Recibí La muerte me da por correo. No se lo había pedido, como parece indicarlo en algunas secciones de sus textos. Yo nunca le pedí sus notas. Nunca las quise. Simplemente recibí el pequeño libro en un sobre tamaño carta, color amarillo, a través del serivicio postal universitario. Y lo abrí como abro tanta correspondencia inútil: sin entusiasmo, sin curiosidad.
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